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PRESENTACIÓN DE EL GUACAMAYO ROJO. ALEJANDRO MEJÍAS- LÓPEZ

Adjunto las palabras de Alejandro Mejías- López, que me hizo el honor de participar en la presentación de El guacamayo rojo el 28 de marzo de 2014. Alejandro es profesor de literatura de la Universidad de Indiana. Agradezco este análisis tan concienzudo de la novela y espero aprender mucho de ella para seguir el camino propuesto.

ALEJANDRO MEJIAS

28 marzo 2014.  Restaurante La Raza.

Alejandro Mejías-López.

Associate Professor
Dept. of Spanish and Portuguese
Indiana University

No sé si fue casual o planeado, pero tanto el tiempo como el espacio en que nos encontramos son, sin lugar a dudas, fecha y lugar idóneos para la presentación de El guacamayo rojo.  Nos encontramos en el Restaurante la Raza, emplazado en lo que fuera la entrada principal a la Exposición Iberoamericana del 29 y que toma su nombre del monumento a pocos metros de aquí erigido al Día de la Raza, hoy conocido, en España, como día de la Hispanidad.  Este día que hoy huele a rancio, fue creado por motivos políticos para celebrar la comunidad iberoamericana en 1914, hace exactamente un siglo.  Restaurante y monumento están situados en la Avenida de Isabel la Católica, motor financiero y político del primer viaje transatlántico de trascendencia, y esta avenida desemboca al final del parque nada menos que en la calle Brasil, situada en el Barrio del Porvenir, o sea, del futuro.  Estamos rodeados, así, de elementos (América, los viajes transatlánticos, el deseo de forjarse un porvenir) que son, en mi opinión, temas centrales de El guacamayo rojo; además, al igual que calles y monumentos, la novela nos quiere hacer recordar, pensar sobre la memoria y el olvido, sobre la soberbia de un presente que siempre se imagina único, pero que reactualiza un pasado que a menudo ignora.  El guacamayo rojo es, pues, para mí una novela sobre la necesidad de recordar, sobre la construcción de genealogías, no sólo familiares sino también históricas y literarias.

Su anterior y primera novela, Aquel viernes de julio, terminaba donde El guacamayo rojo comienza: en una embarcación.  Mientras aquella concluía con personajes empezando un viaje cuyo destino final era América, El guacamayo rojo comienza con otros personajes, los Ortega, desembarcando en un puerto americano.  Ambos momentos encarnan y reproducen un sin fin de momentos anteriores, de viajes repetidos durante siglos, de huidas, de ambición, de esperanzas y promesas de futuro, de nuevos comienzos.  El guacamayo rojo se construye, pues, sobre genealogías históricas y literarias que conectan en la distancia de los siglos a los Ortega y a Luis Guzmán con los cronistas de Indias quienes se embarcaban hacia un mundo desconocido pero lleno de promesas de mejora, un mundo asombroso y difícil de explicar después a quienes se quedaban en casa; o a personajes literarios como el pícaro Buscón don Pablos de Quevedo, cuyo paso a las Américas no lo hizo mejor sino peor, con el Alberto Rosales de esta novela, nuevo pícaro español trasplantado a la América del siglo XXI.

La sorpresa ante lo nuevo, lo nunca visto ni imaginado, las aves de colores como el guacamayo rojo del título que los asombrados hijos de Bernardo y Dolores descubren no más desembarcar, sorpresa repetida por el propio Bernardo al admirar las casas multicolores del Brasil que lo recibe. Asombro repetido un siglo después por Luis ante la inmensidad de Sao Paulo. Junto al masivo Hospital das Clínicas de esa ciudad, dice Luis, “el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla era un modesto ambulatorio” (356) repitiendo así la hipérbole fundacional americana del cronista que al llegar a la capital del imperio Azteca explicaba que había “una plaza tan grande como la ciudad de Salamanca entera” (Cortes, 2a carta).  La capacidad americana de sorprender no se limita a los que allá viajan sino también a los que la imaginan desde acá; está así encarnada en la brasileña tía Gloria, quien en su breve visita a Sevilla enciende y cautiva por completo la imaginación del padre de Luis, como por los mismos años cautivaba la imaginación de lectores y escritores españoles la novela hispanoamericana.

En mi opinión, El guacamayo rojo no es una novela sobre el drama o la tragedia de la emigración. Hay dificultades, más para los Ortega que para Luis, pero no hay tragedia en la vida de estos personajes.  Todos ellos, salvo uno, emigran porque quieren no porque deben, porque son seducidos por un sueño americano que, aunque le pese a Hollywood, corresponde cabalmente a todo el continente.

Es una novela, pues, sobre la promesa de América, promesa que se cumple a pesar de que tanto los Ortega como Luis Guzmán llegan con humos, con la suficiencia del que juzga antes de conocer, con la mirada del europeo.  Y es que la maravilla ante lo americano viene frecuentemente acompañada, como muy bien sabe captar la novela de Machuca, de una notable incomprensión ante lo que se ve y se vive, incomprensión que a menudo degenera en juicios de superioridad y la idealización del lugar de origen del que irónicamente se viene huyendo.  Luis Guzmán es el epítome de esta relación siempre paradójica del español con América.  Sevillano mimado y sobreprotegido, dependiente de sus padres para todo a pesar de ser ya arquitecto, se embarca en pos de un sueño americano que lo salva de sí mismo y lo redime.

Emigrante privilegiado, Luis se erige progresivamente en la voz dominante del texto.  Cederle la voz narrativa es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos de esta novela.  Es a través de Luis que conocemos a la familia al otro lado del atlántico pero también a través de él que tan sólo podemos intuir lo que no vemos, lo que su narración no nos deja ver, no tanto porque no quiera, sino porque él mismo no lo ve o no lo puede ver desde su horizonte; la historia, pues, también tiene sus silencios y los grandes silencios que acechan a la familia se vuelven con Luis los silencios de la novela. En busca de trabajo, Luis viaja a Brasil empujado por una genealogía familiar que no obstante desconoce.  La casualidad, más que su propio interés por descubrirla, termina obligándolo a enfrentarla, a ir descubriendo y conociendo el pasado de su familia en el presente de Sao Paulo, a ir saliendo de su ensimismamiento y descubrirse parte de una larga historia familiar a través de la que también irá vislumbrando otra historia más amplia, en palabras de Luis mismo, de “gente de todo lugar que un día soñó con cambiar su vida” (350).  El viaje de Luis es pues un viaje en el espacio y en el tiempo.  Sevilla (y España entera) está llena de recordatorios de su compleja relación histórica con América por donde quiera que miremos; pero, como Luis al inicio de la novela, está demasiado malacostumbrada a mirarse el ombligo y a ignorar o fingir ignorar esa historia, como Luis con su propia historia familiar, más allá de vacuas celebraciones y centenarios de dudoso gusto.  El guacamayo rojo nos empuja a recordar, a hacer memoria histórica, como ya hiciera Aquel viernes de julio. En ambas, Manolo Machuca nos anima a embarcarnos en un viaje histórico que determina nuestro presente y, como el barrio donde casi estamos, nuestro porvenir.

28 de marzo de 2014.

MORÓN DE LA FRONTERA

MORÓNI

Aquí os dejo mi intervención en Morón de la Frontera, en vísperas del Día del Libro:

 Quisiera agradecer las palabras de mi buena amiga y colega Mila Guerrero, a la que admiro como escritora desde que la conocí hace ya unos pocos de años. Y también, cómo no, a la Biblioteca Central de Morón, en la persona de Juan Diego Mata, por hacer posible este encuentro y por la labor que hace en la promoción y difusión de la cultura.

Es para mí un desafío especial estar aquí hoy, no para presentar una novela, sino dos. Quien me conoce sabe que a mí los retos me estimulan, aunque eso no quiere decir que necesariamente lo haga bien, así que vamos a ello.

Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo han sido mis dos primeras novelas. En realidad, esta última fue la primera, pero la tuve que dejar aparcada, ya que no encontraba la forma de contar la historia que quería contar. Por fin pude hacerlo cuando Aquel viernes de julio me dio la experiencia necesaria como para escribir una novela como El guacamayo rojo, que tiene una estructura bastante más compleja y en la que era muy fácil perderse, tanto de la trama, como de lo que quería en realidad contar.

Cuando comencé a escribir Aquel viernes de julio lo primero que pensé fue algo como lo que ha contado Mila:

― Una novela sobre la Guerra Civil, ya tengo un 50% de lectores que no me van a leer.

Pero no me detuve ahí y fui algo más allá en mi pesimismo (y quienes me conocen saben que yo soy el polo opuesto a eso):

― Una novela sobre Sevilla. ¿A quién le va a interesar una historia así fuera de Sevilla?

Así que me encontraba con una idea de novela que solo le podía llamar la atención al 50% de los lectores de una ciudad de España, país poco lector además y ciudad que lo es aún menos. Un autor desconocido iba a escribir una novela sobre un tema que producía alergia en una ciudad en la que hay poca gente que lee. ¡Manda huevos!, que diría Federico Trillo.

Sin embargo, Aquel viernes de julio ha sido una novela de éxito. Al menos de más éxito del que mis editores y yo hubiésemos imaginado y estoy convencido de que tiene todavía mucho recorrido. Y además, ha gustado entre gente que no es de Sevilla, que jamás pisó Sevilla y que no tiene ni idea de cuándo, ni  por qué sucedió la Guerra Civil española, que no es capaz de responder, como nosotros, a tantas preguntas que nos podemos hacer sobre aquella contienda. ¿Por qué ha sido así? Me gustaría analizarlo con ustedes.

MORÖNIIEl guacamayo rojo, a diferencia de Aquel viernes de julio, todavía tiene poco recorrido. Aún no ha hecho un mes desde que se presentó en sociedad, pero su acogida está siendo excelente. No ha crecido como su hermana mayor, que sigue creciendo y creo que es buen síntoma. A pesar de eso, ya hay lectores que me han dicho que se la han leído dos veces, que nada más terminarla han comenzado de nuevo a leerla.

La historia que muestra El guacamayo rojo carecía de las aristas de Aquel viernes de julio. Una historia de emigrantes andaluces en Brasil a lo largo de los últimos cien años, desde 1904 hasta 2011, no es algo que eche para atrás. Es más, es muy actual, y en uno de sus protagonistas, Luis Guzmán, muchas personas se pueden ver reflejadas. Quién no tiene ahora un conocido, un familiar, con carrera universitaria, bien preparado, y que se haya visto obligado a salir de España en medio de este esperpento que supone el fracaso educativo de la España democrática. Pero su lectura puede ser complicada para algunos al principio, al alternarse historias que luego se mezclan, con muchos personajes y momentos diferentes. ¿Qué es lo que hace a una novela tener éxito?

En mi opinión, el camino hacia el éxito de una novela radica en varios aspectos. Uno de ellos tiene que ver con la capacidad del lector de empatizar con la historia, con sus personajes, con la historia que cuenta el autor, que muchas veces no es consciente de lo que en realidad cuántas historias está contando.

Aquel viernes de julio no es una novela sobre la Guerra Civil. No emite juicio alguno sobre ella, no es el motor de la novela La Guerra Civil es la superficie sobre la que se apoya, el marco en el que sucede la acción, aunque nunca huya de los hechos que sucedieron.

Muchas personas han hablado sobre Aquel viernes de julio como una novela de la Guerra Civil y no estoy de acuerdo. Aquel viernes de julio sucede en la Guerra Civil, pero es ante todo una reflexión sobre la amistad y sobre la veracidad de los sentimientos. Aquel viernes de julio es una historia de amigos que dejan de serlo porque las circunstancias que en otro momento eran favorables para esa amistad cambian. ¿Por qué somos amigos? ¿Qué es la amistad? ¿Ser amigos es compartir muro en Facebook? ¿Qué es el amor? ¿Hasta dónde llega el amor y hasta dónde el capricho, el encoñamiento como decimos de una forma más vulgar en Andalucía? ¿Se puede dar la vida por amor? Sí, quien sea capaz. ¿Y por encoñamiento? O, ¿se puede dar la vida de otros por ello? Confieso que he aprendido muchísimo de Aquel viernes de julio en el año y medio que lleva en las librerías, y gracias a los lectores. Por eso aprecio tanto el RINCÓN DE LOS LECTORES que tiene cada página web de las dos novelas. Es un espacio para aprender más sobre ellas gracias a la experiencia de cada lector que se asoma por allí.

Aquel viernes de julio cuenta problemas universales que tratan de resolver personas imperfectas como somos cualquier ser humano, cualquiera de los que nos sentamos aquí, que somos capaces de lo mejor, pero también de lo peor en determinadas circunstancias, y que vamos resolviendo las cosas a salto de mata, tal y como van apareciendo en nuestras vidas, improvisando la mayoría de las veces, actuando de la forma que se nos ocurre sobre la marcha. Aquel viernes de julio no es una historia de amor entre un señorito de Sevilla y una gitana prostituta y pobre. Aquel viernes de julio es una historia humana, y como humana puede ser cruel, injusta, desmedida, pero también valiente, leal y noble. Aquel viernes de julio es una novela que no acaba con su lectura, sino que bien puede empezar cuando se cierra.

Y El guacamayo rojo tampoco es una historia de emigrantes, de gente pobre o herida que se ve expulsada de su tierra por las injusticias que la clase dominante comete contra los ciudadanos, una clase social que es además cada vez más “valiente”, puesto que ya osa cebarse, no solo con los obreros y trabajadores peor formados, sino que hasta se ha atrevido con los universitarios de más nivel.

Sí, es una historia sobre emigrantes, pero no solo eso. El guacamayo rojo es una reflexión sobre cómo alcanzar los sueños. Esos sueños que todos tenemos o hemos tenido, que hemos alimentado junto a otras personas o en la intimidad, que muchas veces buscamos fuera pero que radican en nuestro interior.

El guacamayo rojo es también un modesto homenaje a la literatura, en el que juego con citas tácitas y ocultas de escritores que me gustan y que la trama me ha permitido incluir. Pero sobre todo es un libro de viajes, del viaje más aventurero que una persona puede realizar, que no se dirige a otro lugar que al pozo en el que radica la verdad, como dice el escritor brasileño Jorge Amado. Nuestra verdad, que hubiera dicho mi abuelo Gabriel.

El guacamayo rojo es también una reflexión sobre la influencia que muchas personas han ejercido sobre lo que somos hoy. Esas que con frecuencia son familiares cercanos, pero que también son otras que aparecen en momentos especiales como un rayo luminoso.

El guacamayo rojo interpela al lector sobre quiénes son esas personas para él o ella, sobre dónde están sus sueños y qué estás haciendo para conseguirlos.

En definitiva, y quiero terminar aquí, Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo hablan de seres humanos a los que podemos reconocer y en los que podemos reconocernos. Por eso una historia sobre la Guerra Civil en Sevilla, o el periplo de generaciones de emigrantes andaluces en Brasil nos pueden decir tanto y nos pueden ayudar como lectores a hacernos más humanos. Al fin y al cabo eso y no otra cosa es la cultura.