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MI GUACAMAYO ROJO

YOPasaron seis años antes de que encontrara la forma en la que quería contar El guacamayo rojo. Fue un tiempo de intentos fallidos, de muchas frustraciones, de impotencia, hasta que al fin supe lo que quería contar y cómo.

Las historias se pueden contar y escribir de muchas maneras. Cada lector tiene la suya en la cabeza y es posible que al leer una novela, se le quede corta en algunos aspectos, porque le hubiera gustado saber más de tal o cual personaje. Hay quien, por ejemplo, me ha dicho que le atraía más la parte histórica, la que comienza en 1904 cuando una familia almeriense divisa el puerto brasileño de Santos, y no le falta razón; también ha habido lectores que han echado de menos algo más de sexo explícito entre algunos personajes, y seguro que no hubiera estado mal. Sin embargo, yo quería contar una historia, una de las muchas que se podían contar, porque, al menos en mi caso, la escritura tiene que ver con expresar, pero también con tratar de entender. Y por eso tardé en entender ocho años, los que van desde que la novela germina en mi cabeza hasta que acabo de cerrar el círculo, al menos un año después de haberse publicado.

Mi guacamayo rojo es la historia de un encuentro, o mejor dicho, de un reencuentro, el del niño Manuel Machuca con la tía Dora Pelletti más de treinta años después de haberse conocido, cinco años más tarde de que iniciara una búsqueda, aparentemente absurda, encontrar a una tía lejana a la que conoció cuando era un niño de diez años, y con la que convivió no más de una semana por aquel entonces. ¿Por qué la buscaba? ¿Por qué aquella semana había hecho tanta mella en mí? ¿Por qué ese encuentro que sucede en 2007, cuando ya he cumplido cuarenta y cuatro años, me causó tanta emoción? Todo esto tiene que ver con mi propio guacamayo, el mío, tan diferente al guacamayo de otros lectores y tan legítimo como los otros. Y todo esto no lo entendí hasta mucho tiempo después de terminar de escribirlo. Porque estas cosas ocurren en un tiempo mágico, el que transcurre en actos junto a los lectores. Es en esa época cuando, al menos en mi caso, termino de entender las razones de mi escritura, cuando tengo la oportunidad de interactuar con quienes se han tomado la molestia de leerme. Y entendí.

Aprendí a leer con tres años gracias a mi abuela y a mi madre, que jugaban conmigo y me ayudaban a conocer las letras con un rompecabezas que recuerdo muy bien. Entré en el colegio sabiendo leer y pronto mi abuela comenzó a regalarme libros que ensancharon mi mundo: Julio Verne, Emilio Salgari, Robert L. Stevenson y tantos otros llenaron mi cabeza de lugares recónditos, de aventuras y de valores como el sentido de la honestidad y la justicia, de la tenacidad por alcanzar lo que nos propongamos, por muy difícil que parezca.

Estos lugares soñados los aterrizaba mi abuelo gracias al Atlas o a la bola del mundo sobre la que con una terquedad casi patológica me enseñaba los países y sus capitales. Podría decirse que mi abuelo hacía que aterrizaran los vuelos soñadores que hacía gracias a mi abuela. No pudo haber mayor coordinación en un matrimonio que se odiaba con toda su alma.

Y aquí apareció Dora Pelletti, la queridísima tía Dora, que vino de visita desde Brasil, y que para mí fue el personaje de carne y hueso que hacía realidad tangible mis sueños de entonces. Por eso sigo soñando, por eso nunca dejaré de soñar, porque he visto muchos sueños hacerse realidad, un privilegio del que no puede presumir mucha gente.

Dora, la tía Gloria Rossi de la novela, contribuyó sin querer a conformar mi concepción sobre la vida. Encontrarla dos años antes de su muerte, cuando estaba a punto de cumplir ochenta, escuchar su historia, sus vivencias, la de su familia, fue un privilegio para mí. Entender por qué la quería, por qué quise tanto a una mujer como ella, con la que apenas he convivido dos o tres semanas de mi vida, ha sido mi premio más importante. Como lo ha sido también reconocer la deuda contraída con mis abuelos, protagonistas fundamentales de esta historia a pesar de que no aparecieran en la novela.

Y esa era la historia que quería contar. Una entre muchas, sí. Pero era la mía.