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EL GUACAMAYO ROJO en BOOKS & COMPANIES

Aquí os dejo la reseña que Marisa González realizó en su blog, así como la entrevista que me realizó un tiempo antes.

http://booksandcompanies.blogspot.com.es/2014/05/el-guacamayo-rojo-de-manuel-machuca.html

http://booksandcompanies.blogspot.com.es/2014/05/entrevista-manuel-machuca-el-guacamayo.html

 

Gracias, Marisa

MORÓN DE LA FRONTERA

MORÓNI

Aquí os dejo mi intervención en Morón de la Frontera, en vísperas del Día del Libro:

 Quisiera agradecer las palabras de mi buena amiga y colega Mila Guerrero, a la que admiro como escritora desde que la conocí hace ya unos pocos de años. Y también, cómo no, a la Biblioteca Central de Morón, en la persona de Juan Diego Mata, por hacer posible este encuentro y por la labor que hace en la promoción y difusión de la cultura.

Es para mí un desafío especial estar aquí hoy, no para presentar una novela, sino dos. Quien me conoce sabe que a mí los retos me estimulan, aunque eso no quiere decir que necesariamente lo haga bien, así que vamos a ello.

Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo han sido mis dos primeras novelas. En realidad, esta última fue la primera, pero la tuve que dejar aparcada, ya que no encontraba la forma de contar la historia que quería contar. Por fin pude hacerlo cuando Aquel viernes de julio me dio la experiencia necesaria como para escribir una novela como El guacamayo rojo, que tiene una estructura bastante más compleja y en la que era muy fácil perderse, tanto de la trama, como de lo que quería en realidad contar.

Cuando comencé a escribir Aquel viernes de julio lo primero que pensé fue algo como lo que ha contado Mila:

― Una novela sobre la Guerra Civil, ya tengo un 50% de lectores que no me van a leer.

Pero no me detuve ahí y fui algo más allá en mi pesimismo (y quienes me conocen saben que yo soy el polo opuesto a eso):

― Una novela sobre Sevilla. ¿A quién le va a interesar una historia así fuera de Sevilla?

Así que me encontraba con una idea de novela que solo le podía llamar la atención al 50% de los lectores de una ciudad de España, país poco lector además y ciudad que lo es aún menos. Un autor desconocido iba a escribir una novela sobre un tema que producía alergia en una ciudad en la que hay poca gente que lee. ¡Manda huevos!, que diría Federico Trillo.

Sin embargo, Aquel viernes de julio ha sido una novela de éxito. Al menos de más éxito del que mis editores y yo hubiésemos imaginado y estoy convencido de que tiene todavía mucho recorrido. Y además, ha gustado entre gente que no es de Sevilla, que jamás pisó Sevilla y que no tiene ni idea de cuándo, ni  por qué sucedió la Guerra Civil española, que no es capaz de responder, como nosotros, a tantas preguntas que nos podemos hacer sobre aquella contienda. ¿Por qué ha sido así? Me gustaría analizarlo con ustedes.

MORÖNIIEl guacamayo rojo, a diferencia de Aquel viernes de julio, todavía tiene poco recorrido. Aún no ha hecho un mes desde que se presentó en sociedad, pero su acogida está siendo excelente. No ha crecido como su hermana mayor, que sigue creciendo y creo que es buen síntoma. A pesar de eso, ya hay lectores que me han dicho que se la han leído dos veces, que nada más terminarla han comenzado de nuevo a leerla.

La historia que muestra El guacamayo rojo carecía de las aristas de Aquel viernes de julio. Una historia de emigrantes andaluces en Brasil a lo largo de los últimos cien años, desde 1904 hasta 2011, no es algo que eche para atrás. Es más, es muy actual, y en uno de sus protagonistas, Luis Guzmán, muchas personas se pueden ver reflejadas. Quién no tiene ahora un conocido, un familiar, con carrera universitaria, bien preparado, y que se haya visto obligado a salir de España en medio de este esperpento que supone el fracaso educativo de la España democrática. Pero su lectura puede ser complicada para algunos al principio, al alternarse historias que luego se mezclan, con muchos personajes y momentos diferentes. ¿Qué es lo que hace a una novela tener éxito?

En mi opinión, el camino hacia el éxito de una novela radica en varios aspectos. Uno de ellos tiene que ver con la capacidad del lector de empatizar con la historia, con sus personajes, con la historia que cuenta el autor, que muchas veces no es consciente de lo que en realidad cuántas historias está contando.

Aquel viernes de julio no es una novela sobre la Guerra Civil. No emite juicio alguno sobre ella, no es el motor de la novela La Guerra Civil es la superficie sobre la que se apoya, el marco en el que sucede la acción, aunque nunca huya de los hechos que sucedieron.

Muchas personas han hablado sobre Aquel viernes de julio como una novela de la Guerra Civil y no estoy de acuerdo. Aquel viernes de julio sucede en la Guerra Civil, pero es ante todo una reflexión sobre la amistad y sobre la veracidad de los sentimientos. Aquel viernes de julio es una historia de amigos que dejan de serlo porque las circunstancias que en otro momento eran favorables para esa amistad cambian. ¿Por qué somos amigos? ¿Qué es la amistad? ¿Ser amigos es compartir muro en Facebook? ¿Qué es el amor? ¿Hasta dónde llega el amor y hasta dónde el capricho, el encoñamiento como decimos de una forma más vulgar en Andalucía? ¿Se puede dar la vida por amor? Sí, quien sea capaz. ¿Y por encoñamiento? O, ¿se puede dar la vida de otros por ello? Confieso que he aprendido muchísimo de Aquel viernes de julio en el año y medio que lleva en las librerías, y gracias a los lectores. Por eso aprecio tanto el RINCÓN DE LOS LECTORES que tiene cada página web de las dos novelas. Es un espacio para aprender más sobre ellas gracias a la experiencia de cada lector que se asoma por allí.

Aquel viernes de julio cuenta problemas universales que tratan de resolver personas imperfectas como somos cualquier ser humano, cualquiera de los que nos sentamos aquí, que somos capaces de lo mejor, pero también de lo peor en determinadas circunstancias, y que vamos resolviendo las cosas a salto de mata, tal y como van apareciendo en nuestras vidas, improvisando la mayoría de las veces, actuando de la forma que se nos ocurre sobre la marcha. Aquel viernes de julio no es una historia de amor entre un señorito de Sevilla y una gitana prostituta y pobre. Aquel viernes de julio es una historia humana, y como humana puede ser cruel, injusta, desmedida, pero también valiente, leal y noble. Aquel viernes de julio es una novela que no acaba con su lectura, sino que bien puede empezar cuando se cierra.

Y El guacamayo rojo tampoco es una historia de emigrantes, de gente pobre o herida que se ve expulsada de su tierra por las injusticias que la clase dominante comete contra los ciudadanos, una clase social que es además cada vez más “valiente”, puesto que ya osa cebarse, no solo con los obreros y trabajadores peor formados, sino que hasta se ha atrevido con los universitarios de más nivel.

Sí, es una historia sobre emigrantes, pero no solo eso. El guacamayo rojo es una reflexión sobre cómo alcanzar los sueños. Esos sueños que todos tenemos o hemos tenido, que hemos alimentado junto a otras personas o en la intimidad, que muchas veces buscamos fuera pero que radican en nuestro interior.

El guacamayo rojo es también un modesto homenaje a la literatura, en el que juego con citas tácitas y ocultas de escritores que me gustan y que la trama me ha permitido incluir. Pero sobre todo es un libro de viajes, del viaje más aventurero que una persona puede realizar, que no se dirige a otro lugar que al pozo en el que radica la verdad, como dice el escritor brasileño Jorge Amado. Nuestra verdad, que hubiera dicho mi abuelo Gabriel.

El guacamayo rojo es también una reflexión sobre la influencia que muchas personas han ejercido sobre lo que somos hoy. Esas que con frecuencia son familiares cercanos, pero que también son otras que aparecen en momentos especiales como un rayo luminoso.

El guacamayo rojo interpela al lector sobre quiénes son esas personas para él o ella, sobre dónde están sus sueños y qué estás haciendo para conseguirlos.

En definitiva, y quiero terminar aquí, Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo hablan de seres humanos a los que podemos reconocer y en los que podemos reconocernos. Por eso una historia sobre la Guerra Civil en Sevilla, o el periplo de generaciones de emigrantes andaluces en Brasil nos pueden decir tanto y nos pueden ayudar como lectores a hacernos más humanos. Al fin y al cabo eso y no otra cosa es la cultura.

Ana García (Uruguay)

Descubrir un autor en su primera novela, como fue “Aquel viernes de julio”, es un reto para el lector. Pero si gusta, y mucho, como fue el caso, entonces el autor, en el camino de sentirse, saberse y definirse ante los demás como escritor, enfrenta un desafío mayor al publicar su segunda obra. Manuel Machuca supera con creces este desafío.

Personalmente, esperé durante mucho tiempo, con ansias, la llegada de “El guacamayo rojo”. Es una historia que se hace propia sin esfuerzo alguno. Muy pronto, desde las primeras páginas, se intuye que el autor sabe de lo que habla, y lo hace con un lenguaje sobrio, preciso.

“El guacamayo rojo” comienza con la llegada de una familia española, a principios del siglo XX, al puerto brasileño de Santos. Hay luego otras llegadas, otras partidas, de tres generaciones familiares. Este podría ser el hilo conductor de la novela: la emigración obligada, no la que se da por espíritu aventurero, aunque también está presente. Se establece entre el autor y el lector un vínculo de respeto, en el entendido que cada lector, en mayor o menor medida, conoce las luces y sombras de salir y ser extranjero o de permanecer y recibirlos, y el autor cuenta con ese conocimiento.

El título es un acierto más en esta obra, porque refiere a un ave y también a una piedra de gran valor, a los sueños y el costo de alcanzarlos.

Pero lo que hace a esta, una lectura irremplazable, es el modo de contarla. Manuel logra plasmar una realidad caleidoscópica con personajes entrañables en sus dudas, sus errores y aciertos, su dolor y alegría. Una historia de ritmo ágil, cambiante como la vida misma, que evita con maestría convertirse en una novela romántica más. Eleva al lector en el esfuerzo de los emigrantes por construir un futuro mejor y lo sumerge en la búsqueda de identidad, la colectiva, de la mano de una hermosa antropóloga brasileña  y la individual, junto a Luis Guzmán, joven arquitecto sevillano, recién emigrado a San Pablo. Esta ciudad es el escenario elegido y es testigo vivo de la historia.

Además, como regalo extra, el lector avezado podrá encontrar en ella, guiños de complicidad vinculantes a otras lecturas.

Si la historia fuera un globo, Manuel dispone al final los amarres que la sostienen firme en tierra y nos cuenta por qué y cómo surgió esta novela. Un final que invita a darle una nueva leída, un poco menos desde la aventura y un poco más desde el encuentro con uno mismo.

Escribió Chejov: “Fabulamos para una realidad, porque la realidad, en verdad, es una fábula.” “El guacamayo rojo” cuenta así la verdadera historia de muchos de nosotros. Es un placer leerla… y re-leerla.

Ana García (Uruguay)