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LO QUE INTENTÉ DECIR

No fue exactamente así, pero sí muy parecido. GRACIAS

PresentaciónQuisiera agradecer a todos los que me han precedido en esta presentación. En primer lugar, a Chez Luna, por contar con su maravillosa música. Conocí a Vicky Luna y a Ismael Sánchez ahí en frente, en el Casino de la Exposición, hace unos meses, cuando la novela todavía le quedaba un buen trecho y yo andaba dándole vueltas a hacer algo relacionado con la música brasileña y la novela. Para mí fueron como una aparición, y desde entonces, desde que pensé que ellos podrían estar hoy aquí, escribí bajo la inspiración de su disco  de samba Abraça Noel Rosa, del que habéis escuchado algunas canciones. Yo he escrito gran parte de El guacamayo rojo escuchando este disco, y ahí lo tenéis a vuestra disposición por si queréis leer la novela con la música que inspiró al autor. Gracias por vuestra generosidad y entusiasmo y por hacer realidad hoy aquello que soñé allá por el mes de junio del año pasado.

No me puedo olvidar tampoco de dar las gracias a Ruth Llopis y a Ismael Rojas, mis editores en Anantes, por haber vuelto a confiar en mí para publicar esta novela; a Raquel, a John, a Alejandro, a Rocío, no solo por sus palabras sino también por el cariño con el que han sido pronunciadas. De cada uno de ellos podría decir muchas cosas buenas, pero no quiero extenderme ahora y ser yo quien se salte los tiempos que habíamos acordado. También, por supuesto, a todos los que hoy estáis aquí. Muchos habéis venido desde muy lejos en un día tan importante para mí.

Porque sí, hoy es un día muy importante y por muchos motivos. Presentar una novela, en este caso la segunda, es lógico que lo sea. Después de la extraordinaria aventura de Aquel viernes de julio, quince meses después estar aquí con la segunda, con el riesgo que esto supone, no cabe duda que hace de este día uno muy especial. Pero lo es también por otras cosas, que quizás entren más dentro de lo personal.

Esta novela aparece en un momento muy importante de mi vida, en el que hay cosas que siento que se acaban y otras que aparecen de una manera muy fuerte. En un momento así es un lujo estar acompañado por esos dos mundos, el que parece que se va y el que viene. Esto me hace sentirme realmente feliz. Hoy estoy con la literatura en un lugar privilegiado para los sentidos; mañana estaré con la farmacia asistencial en otro lugar no menos privilegiado, el Polígono Sur de Sevilla, al que tanto debo y en el que tanto he aprendido de ciudadanos muchas veces muy maltratados por los que vivimos al otro lado de las fronteras que los rodean: las vías del tren, la Ronda del Tamarguillo, la Avenida de la Paz, la carretera de Su Eminencia. Personas expulsadas de sus barrios de origen por la especulación inmobiliaria que ha protagonizado esta ciudad durante todo el siglo XX y parte del que llevamos.

Emigrantes interiores. Otro tipo de emigrantes a los de El guacamayo rojo, pero con una emigración que tiene aspectos tan duros o más que los de la familia de Bernardo Ortega, o la de Alfonso González o Luis Guzmán, algunos de los personajes de la novela.

El guacamayo rojo trata de las historias de emigrantes andaluces a Brasil, personas  a las que nuestras calamidades les hicieron tener que salir de la tierra que nunca pensaron abandonar. Pero también es la historia de un encuentro, Del encuentro de un niño que se hizo adulto y quiso regresar a su pasado para encontrar respuestas a sus preguntas, rebuscando en el pozo interior al que alude Jorge Amado en Los viejos marineros, el conocimiento de sí mismo.

Clarice Lispector decía en La hora de la estrella que escribía para entender el mundo. Yo creo que lo hago para entenderme a mí mismo, y eso me ayuda a estar y a entender el mundo. Después de haber finalizado El guacamayo rojo creo haber hecho progresos en esto, además de poder descubrir y valorar a personas que fueron muy importantes en mi vida y no las había tenido en tanta consideración. A través de Gloria Rossi se ha obrado este milagro, y por eso, esta novela que comenzó a soñarse en 2007 en una visita a São Paulo, que luego se abandonó para recuperarse en el año 2013, realmente no empezó entonces, sino allá por 1973 cuando un niño de diez años abrió la puerta de su casa y una señora morena y muy alta, con acento portugués, entró en su vida para ayudarle a entenderla y no irse de ella ya jamás.