Ana García (Uruguay)

Descubrir un autor en su primera novela, como fue “Aquel viernes de julio”, es un reto para el lector. Pero si gusta, y mucho, como fue el caso, entonces el autor, en el camino de sentirse, saberse y definirse ante los demás como escritor, enfrenta un desafío mayor al publicar su segunda obra. Manuel Machuca supera con creces este desafío.

Personalmente, esperé durante mucho tiempo, con ansias, la llegada de “El guacamayo rojo”. Es una historia que se hace propia sin esfuerzo alguno. Muy pronto, desde las primeras páginas, se intuye que el autor sabe de lo que habla, y lo hace con un lenguaje sobrio, preciso.

“El guacamayo rojo” comienza con la llegada de una familia española, a principios del siglo XX, al puerto brasileño de Santos. Hay luego otras llegadas, otras partidas, de tres generaciones familiares. Este podría ser el hilo conductor de la novela: la emigración obligada, no la que se da por espíritu aventurero, aunque también está presente. Se establece entre el autor y el lector un vínculo de respeto, en el entendido que cada lector, en mayor o menor medida, conoce las luces y sombras de salir y ser extranjero o de permanecer y recibirlos, y el autor cuenta con ese conocimiento.

El título es un acierto más en esta obra, porque refiere a un ave y también a una piedra de gran valor, a los sueños y el costo de alcanzarlos.

Pero lo que hace a esta, una lectura irremplazable, es el modo de contarla. Manuel logra plasmar una realidad caleidoscópica con personajes entrañables en sus dudas, sus errores y aciertos, su dolor y alegría. Una historia de ritmo ágil, cambiante como la vida misma, que evita con maestría convertirse en una novela romántica más. Eleva al lector en el esfuerzo de los emigrantes por construir un futuro mejor y lo sumerge en la búsqueda de identidad, la colectiva, de la mano de una hermosa antropóloga brasileña  y la individual, junto a Luis Guzmán, joven arquitecto sevillano, recién emigrado a San Pablo. Esta ciudad es el escenario elegido y es testigo vivo de la historia.

Además, como regalo extra, el lector avezado podrá encontrar en ella, guiños de complicidad vinculantes a otras lecturas.

Si la historia fuera un globo, Manuel dispone al final los amarres que la sostienen firme en tierra y nos cuenta por qué y cómo surgió esta novela. Un final que invita a darle una nueva leída, un poco menos desde la aventura y un poco más desde el encuentro con uno mismo.

Escribió Chejov: “Fabulamos para una realidad, porque la realidad, en verdad, es una fábula.” “El guacamayo rojo” cuenta así la verdadera historia de muchos de nosotros. Es un placer leerla… y re-leerla.

Ana García (Uruguay)

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